22/12/2019

El verdadero sentido de la Navidad

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Ya tan próximo al acontecimiento más importante de la historia de la humanidad, el comienzo de la obra de la redención, con la venida de Cristo al mundo. Todo un Dios que se hace hombre, el creador, toma forma de criatura, lo más grande se hace pequeño para enseñarnos desde la sencillez de un niño cuál es el camino. Tiempo de encuentro con ese Dios hecho niño que viene a nosotros y a veces, El, pasa inadvertido, ignorado, dejado en un rincón, o peor aún, fuera de nuestro corazón y de nuestra alma.

En los últimos años la celebración de este nacimiento se ha transformado en festejos, regalos, deseos de felicidad, donde el que debería ser el principal homenajeado a veces queda fuera de esos hogares, de esos brindis. Quizás la palabra incoherencia puede sonar un poco fuerte, pero es, aunque nos duela, una realidad. Por eso estas líneas tienen por objeto interpelar nuestras mentes, nuestro corazón y ahora que se cierra un ciclo, un año, es tiempo de balance, de evaluación, examen sobre la actitud que tomamos para buscar en nuestro interior errores, aciertos para formular propósitos de rectificar en aquello que erramos, de perseverar y continuar con garbo en nuestros aciertos; cómo conseguir todo esto, es el interrogante que invito a plantearnos con total sinceridad. Con solo mi voluntad, con solo mis fuerzas, o mis razonamientos no alcanza porque somos limitados. Todos tenemos la experiencia que no son suficientes, que no nos alcanzan, necesitamos la ayuda de quien es la fortaleza, de quien es el camino, la verdad y la vida con mayúsculas. Y a pesar de todo esto nos empeñamos en esta lucha con solo nuestra fuerza. Sin advertir que únicamente somos criaturas, solo participamos del creador, que nos invita, nos propone que seamos sus hijos, que viene a nuestro encuentro y quiere que le recibamos como decía con mucha insistencia San Juan Pablo II  “Abrirle las puertas a Cristo”

En consonancia con el Salmo 94, el Señor nos dice: “Ojalá hoy escuchéis su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masa en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.

Porque a veces nuestra autosuficiencia nos lleva a ser como piedras y dejamos resbalar la lluvia de gracias que derrama sobre nosotros y no somos capaces de absorber una gota, y como esas piedras estamos, por dentro, completamente secos.

Por eso la invitación de la Natividad, en el nacimiento de Jesús, es acudir a su encuentro “Abrirle las puertas a Cristo, no endurezcáis vuestro corazón”.

Enrique J.A.

Enrique Julio Aliaga

Docente