Cztery lata wojny między Rosją a Ukrainą: historyczny czas trwania, oskarżenia i kryzys przywództwa
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CONFLICTO BÉLICO
El 24 de febrero de 2026 se cumplen 1.461 días desde que Rusia lanzó la invasión a gran escala contra Ucrania. El dato no es meramente cronológico: la denominada Gran Guerra Patria —esto es, el frente oriental de la Segunda Guerra Mundial entre el 22 de junio de 1941 y el 9 de mayo de 1945— se extendió 1.418 días. El conflicto actual no solo ha igualado aquella duración: la ha superado.
La comparación obliga a una reflexión prudente. No se trata de equiparar magnitudes históricas, sino de dimensionar la persistencia de una guerra convencional de alta intensidad en pleno siglo XXI, en territorio europeo y con impacto sistémico en la arquitectura de seguridad internacional.
A lo largo de estos cuatro años, diversos organismos internacionales, misiones de investigación y tribunales han documentado graves denuncias de violaciones al derecho internacional humanitario en zonas ocupadas: ejecuciones sumarias, ataques contra infraestructura civil, deportaciones forzadas y trato degradante a prisioneros de guerra. Localidades como Bucha y Mariúpol se han convertido en emblemas de esos presuntos crímenes y en objeto de investigaciones con proyección internacional.
En el plano estrictamente militar, múltiples análisis coinciden en señalar que los problemas no obedecen únicamente a excesos aislados, sino a deficiencias estructurales en la conducción. La rotación frecuente de comandantes, la superposición entre estructuras regulares e irregulares y la presión política por exhibir avances rápidos han configurado un esquema operacional fragmentado. La consecuencia ha sido una secuencia de decisiones tácticas de alto costo humano y rendimiento territorial limitado.
La historia militar rusa ofrece antecedentes que permiten contextualizar estas tensiones. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Ejército Rojo funcionó bajo un sistema dual en el que comisarios políticos supervisaban a los mandos profesionales y se implementaron órdenes de bloqueo para impedir retiradas no autorizadas. Aquella estructura reflejaba una cultura de control centralizado y disciplina coercitiva. Si bien el escenario contemporáneo es diferente en términos tecnológicos, doctrinarios y geopolíticos, persiste el interrogante sobre el equilibrio entre conducción política y autonomía profesional del mando militar.
La prolongación del conflicto también ha expuesto fallas logísticas significativas: problemas de abastecimiento, deficiencias en la coordinación inter-armas y una marcada dependencia de la artillería como instrumento predominante. En ese marco, la estrategia de desgaste masivo —popularmente denominada “picadora de carne”— ha implicado elevadas bajas humanas a cambio de avances graduales y costosos.
La expresión no es nueva en la historia europea. En la memoria polaca, el término “picadero” o “matadero” se utilizó para describir la violencia desproporcionada y las pérdidas sufridas durante el Levantamiento de Noviembre contra el Imperio ruso, cuando enfrentamientos como la batalla de Olszynka Grochowska quedaron asociados a un sacrificio masivo con escaso rédito estratégico. La analogía histórica no implica identidad de contextos, pero sí revela cómo ciertas dinámicas de guerra de desgaste reaparecen cíclicamente en el imaginario militar de Europa oriental.
Que la guerra haya superado los 1.418 días de la Gran Guerra Patria no supone equivalencia en escala global ni en devastación total. Sin embargo, subraya su carácter estructural y prolongado. Cuatro años después, el conflicto no solo reconfigura el equilibrio de seguridad en Europa oriental: mantiene abierto un expediente de responsabilidad internacional y proyecta interrogantes sobre la viabilidad de un modelo bélico basado en el desgaste, la centralización política y la aceptación de un costo humano creciente. La duración ya es un dato histórico; la incógnita es cuánto tiempo más puede sostenerse una dinámica cuyo rendimiento estratégico parece decrecer a medida que aumentan sus costos.

Andrés Chowanczak
Vicepresidente de la Unión de los Polacos en la República Argentina




