18/05/2024

Monte Cassino, la batalla final

Acontecimientos Históricos

Es 18 de mayo de 1944. La tierra parece temblar. El estruendo de los cañones satura el espacio. El fuego de los disparos como relámpagos ilumina el cielo y sobre una indefinida línea del horizonte hacen de día la oscura y nublada noche.

A un par de kilómetros de la escena principal un grupo de soldados polacos escuchan atentamente las instrucciones de sus oficiales. Dentro de la carpa la luz de unos faroles ilumina los planos de una zona. Líneas gruesas de diferentes colores determinan las posiciones defensivas enemigas y los regimientos en ofensiva. Éstos, compuestos por soldados de distintas nacionalidades y colores de piel conforman el Ejército Aliado. Las órdenes son cortas y precisas y luego de dadas el Coronel al mando pregunta silenciosamente con su mirada si existe alguna duda. Hay varias y se hacen en voz baja. La misión será muy dura. Subir la escarpada ladera más la potencia de fuego del enemigo presume un número notable de bajas.

Hace un tiempo que se viene combatiendo y la situación se fue complicando. Estos hombres, de diferentes oficios, entrenados en campos de Persia y el Medio Oriente, lograron con una constante y extenuante preparación adentrarse en el espíritu militar. Cuando estuvieron listos fueron llevados a diferentes zonas de operaciones y, batalla tras batalla, lograron una rápida experiencia que potenció sus cualidades.

Finalizadas las instrucciones y antes de retirarse del puesto de mando, aparece sobre la mesa una botella de wódka que el oficial principal invita a compartir a cada uno de los integrantes del grupo comando. La botella pasa de mano en mano y cada trago se convierte en un brindis por el éxito de la misión. Luego la arenga final llena el ambiente de emoción y los polacos se retiran a sus posiciones de ataque. Antes de llegar revisan minuciosamente sus armas y controlan la cantidad de proyectiles y granadas de mano, más una carga explosiva con su mecha detonante.

El reloj avanza rápidamente, la hora ya está cerca, los comandos de a uno en fondo buscan el mejor lugar para el ataque. Reagrupados en la base de la montaña miran hacia arriba, tendrán que avanzar más que rápido. La subida es pronunciada, el esfuerzo físico será muy grande. El claroscuro de la madrugada será su pantalla. La presión aumenta, el ritmo cardíaco se acelera, las pupilas se dilatan, la adrenalina explota, la sangre hierve en el cuerpo. Ya en posición se concentran mental y espiritualmente. Algunos, a su manera, buscan recuerdos felices como amuletos de buena suerte para el éxito del ataque. Ojos cerrados, labios fruncidos y plegarias sin voces. Román a cargo del grupo especial respira profundamente y huele en el aire fresco la presencia de la primavera. Mira la hora y levanta su brazo derecho y al bajarlo con voz emocionada grita: ¡POLSKA! que como un eco interminable es repetida a viva voz por cada uno de los soldados del grupo. En ese mismo momento, desde diferentes puntos, da inicio el ataque final al Monasterio de Montecassino en territorio italiano. La Segunda Guerra Mundial marcará esa fecha como histórica para el Ejército Polaco. Horas más tarde la bandera blanca y roja ondeará al tope de la destruida Abadía Benedictina. La batalla ha terminado.

Años después, Román junto a Ian y Wadek, únicos sobrevivientes de aquel grupo especial, visitaron la zona de combate y luego se encaminaron al cementerio ubicado al noreste del reconstruido Monasterio. Al entrar leyeron juntos y en voz alta lo que está escrito en una placa: “Nosotros soldados polacos, por nuestra libertad y la vuestra hemos dado nuestras almas a Dios, nuestros cuerpos al suelo de Italia y nuestros corazones a Polonia”.

“Gloria y Honor para el soldado polaco”.

Eduardo Román Szokala

Mar del Plata