16/02/2023

De la democracia nobiliaria a la oligarquía aristocrática

Artículos

En vida de Segismundo Augusto no se estableció ninguna norma de funcionamiento del gobierno a la muerte del rey ni se precisó la manera de elegir al sucesor, cosas ambas que hubo que hacer al desaparecer el último de los Jaguelones. Durante el interregno el gobierno quedó en manos del cardenal primado y la Dieta Convocatoria de 1573 (que debía preparar la elección) determinó que toda la nobleza tenía derecho a elegir al rey directamente. En las condiciones de la época se trataba de una decisión demagógica que afianzaba el poder de la nobleza sólo en apariencia, favoreciendo de hecho las intrigas de la aristocracia y de las monarquías extranjeras.

La Dieta Electora de ese mismo año eligió como rey a Enrique de Valois y formuló los principios constitucionales básicos de la República, que el rey debió jurar como condición previa para ser coronado. Desde entonces cada electo debía jurar estos principios; llamados Artículos henricianos, amén de otros acuerdos particulares que podían ser precisados en cada caso por la Dieta, denominados Pactos convenidos. Los Artículos henricianos garantizaban la libre elección de los reyes, la convocación de la Dieta por lo menos cada dos años y la presencia permanente junto al rey de un consejo de senadores residentes. En caso de que el rey no cumpliera estos acuerdos, la nobleza podía negarle obediencia. Los Artículos reducían aún más el poder real, lo sometían a vigilancia y creaban el peligro de una rebelión amparada por la ley.

Enrique de Valois reinó en Polonia apenas unos pocos meses, pues al tener noticia de la muerte de su hermano Carlos IX en 1574, abandonó precipitadamente Cracovia para ocupar el trono de Francia.

Durante la siguiente elección la mayoría del Senado proclamó rey al emperador alemán Maximiliano II, pero prevaleció el candidato elegido por los nobles, Esteban Batory, príncipe de Transilvania (1576 – 1586), que contrajo matrimonio con la princesa Ana Jaguelona, hermana de Segismundo Augusto. Esteban Batory se apresuró a ceñir la corona para prevenir posibles acciones de su rival, redujo la obediencia a los partidarios del emperador y sometió a la ciudad de Gdansk que se había negado a reconocerle (1577). Durante su reinado dedicó particular atención a la política exterior y a los asuntos militares, dejando las cuestiones internas en manos del gran canciller Jan Zamoyski. Muy celoso de su autoridad real, cayó repetidas veces en conflicto con la nobleza y con la oposición aristocrática.

A fin de inducir a la nobleza a votar los elevados impuestos que necesitaba para el ejército, Esteban Batory accedió en 1578 a una vieja demanda del movimiento ejecutivo y creó el Tribunal de la Corona, suprema instancia judicial elegida por la Dieta para juzgar a los nobles, lo cual anteriormente era prerrogativa exclusiva del rey. Tres años más tarde se creó un tribunal similar para el Gran Ducado de Lituania.

La invasión de Iván el Terrible a Livonia en 1577 inició una nueva guerra con Rusia. A las fuerzas polacas se sumó por entonces una nueva formación, la “infantería elegida”, llamada así por integrarla siervos tomados de los latifundios reales, a razón de uno por cada determinado número de hombres. Jefe militar de gran talento, Batory venció a los moscovitas en tres campañas consecutivas entre 1579 y 1581, tomando las ciudades de Polotsk y Velike Luki y poniendo sitio a Pskov. El armisticio firmado de Ian Zapolski en 1582 afirmó el dominio polaco de Livonia e incorporó a Lituania el territorio de Polotsk. El rey trazaba ambiciosos planes de someter Rusia como paso preliminar para una campaña decisiva contra Turquía, pero la muerte puso fin a sus proyectos.

En la siguiente elección dos bandos opuestos eligieron nuevamente a dos candidatos a la corona de Polonia: Segismundo Vasa, hijo de Juan III de Suecia y Catalina Jaguelona, y el archiduque Maximiliano de Habsburgo. El archiduque Maximiliano entró en Polonia con sus tropas para hacer valer sus derechos, pero Zamoyski lo derrotó en Byczyna (1588) y dirimió el conflicto a favor del príncipe de la dinastía sueca de los Vasa, descendiente por línea materna de los Jaguelones.

Segismundo III Vasa reinó desde 1587 hasta 1632. Era un hombre taciturno y poco hábil como político, se dejó influir por los jesuitas y su posición favorable a los Habsburgo le grajeó la aversión de la mayoría de la nobleza.

En el sínodo de Brześć Litewski de 1595 – 1596 la iglesia ortodoxa rutena se unió a la iglesia católica y reconoció la autoridad del Papa. La unión religiosa de Brześć tenía por objeto acelerar la integración de los territorios étnicamente rutenos a Polonia. Las divisiones nacionales de estas tierras coincidían a grandes rasgos con las divisiones sociales: mientras que la nobleza y los magnates rutenos se polonizaron rápidamente, los colonos polacos se asimilaban al elemento ruteno. En la Rutenia Roja (meridional) el proceso de polonización fue más intenso y abarcó a las ciudades, la nobleza pobre y una parte de los campesinos.

La unión religiosa no llegó a hacerse efectiva, ya que la mayoría de la población rutena rechazó el catolicismo. Los intentos de imponer la unión por la fuerza engendraron animadversiones en las tierras orientales del estado. Entre los defensores de la ortodoxia se encontraron los cosacos, belicosos pobladores de las estepas de Ucrania cuyas rebeliones contra la dominación de los magnates polacos eran sangrientamente aplastadas.

El trono hereditario de Suecia tenía para Segismundo III más valor que el electivo de Polonia, dado que éste no aseguraba los intereses de la dinastía. A la muerte de su padre quedaba Segismundo rey de Suecia, pero no alcanzó a ocupar el trono ya que fue destronado por una rebelión de los nobles suecos. Segismundo respondió a ello anexando a Polonia el norte de Estonia, tierra que los suecos consideraban suya. Las tropas suecas invadieron a su vez Livonia. Este fue el comienzo de una guerra que duró con intervalos desde 1600 hasta 1629. Después de unos retrocesos iniciales, el hetmán polaco Jan Karol Chodkiewicz obtuvo en 1605 la magnífica victoria de Kircholm, que puso fin al primer acto de la contienda.

La creciente oposición de la nobleza y de una parte de los magnates a la política de Segismundo III fue causa de una rebelión encabezada por Zebrzydowski (1606 – 1608). Los amotinados fueron derrotados por las tropas reales en Guzow, pero el partido cortesano debió renunciar a sus planes de reforzar el poder real.

En 1604 varios aristócratas polacos ayudaron al usurpador Demetrio, supuesto hijo de Iván el Terrible, a hacerse dueño de Moscú. Algunos años más tarde la República intervino ya oficialmente en una nueva guerra por la sucesión de Rusia. Cuando el zar Basilio Shuiski firmó en 1609 una alianza con Suecia, el ejército polaco sitió Smoleńsk, que se defendió con éxito hasta caer dos años más tarde. En 1610 el hetmán Stanisław Żółkiewiski deshizo al grueso de las tropas moscovitas en Kluszyn y ocupó Moscú, donde Shuiski ya había sido antes destronado. Los boyardos adictos a Polonia eligieron zar a Ladislao, hijo de Segismundo III, pero en 1612 la resistencia moscovita se robusteció y la guarnición polaca del Kremlin se vio obligada a capitular. Tran una inútil tentativa de Ladislao de recuperar el trono de los zares, le guerra terminó en 1619 con la paz de Dywilino, por la que la República ganaba los principados de Smoleńśk, Cherginov y Seversk.

El temor a una posible alianza sueco-brandenburguesa movió al rey de Polonia a concertar un tratado con el elector de Brandenburgo reconociendo su derecho hereditario al Ducado de Prusia al extinguirse la rama local de los Hohenzollern. Desde este momento el Ducado de Prusia comenzó a liberarse paulatinamente de la sujeción tributaria a Polonia.

A las guerras con Suecia se sumó en el s. XVII el conflicto con Turquía. Las causas que rompieron la paz fueron las devastadoras correrías tártaras por los territorios polacos y, por otro lado, las incursiones de los cosacos en territorios turcos, las intervenciones de los magnates polacos en Moldavia y la ayuda militar prestada a los Habsburgo, enemigos del Imperio Otomano. En 1620 una expedición polaca al mando de Żółkiewski entró en Moldavia pero sufrió una derrota en Cecora y fue aniquilada durante el repliegue. Al año siguiente los polacos, ayudados por los cosacos, contuvieron en Chocim a un poderoso ejército turco, firmándose la paz poco después.

El último período de la guerra con Suecia fue para Polonia el más peligroso. En 1626 los suecos se apoderaron de la franja litoral de Prusia, a excepción de Gdańsk, y lograron mantenerse a pesar de varias victorias de los polacos, entre ellas en la batalla naval de Oliwa. La guerra terminó en 1629 con la paz de Altmark. Los suecos quedaron con la mayor parte del territorio de Livonia, obtuvieron varias fortalezas en el litoral polaco y el derecho a percibir aranceles en el puerto de Gdańsk, lo cual gravó seriamente el comercio de la Corona.

Ante la pérdida de Livonia la República tenía una superficie de 990.000 km2 y una población de entre 10 y 11 millones de habitantes, de los cuales alrededor del 40 por ciento eran polacos. La creciente opresión de los siervos en las haciendas nobiliarias – denunciada por la Iglesia católica, y sobre todo por los jesuitas, como el famoso predicador y escritor Piotr Skarga – tuvo por efecto la pauperización de la población rural y la consiguiente menor demanda de productos de la artesanía urbana. Las primeras en sufrir las consecuencias fueron las ciudades pequeñas, mientras que la situación de los grandes centros de artesanía suntuaria y del comercio internacional seguía siendo por el momento buena gracias a la demanda de la nobleza más acaudalada. Gdańsk mantenía una posición particular entre las ciudades de la República, debido a sus privilegios económicos y políticos, que le permitían incluso llevar en ocasiones una política exterior independiente.

En esta época empezó a crecer el número de gentilhombres que poseían pocas tierras o no las tenían en absoluto, buscando para sustentarse el favor de los magnates, que gracias a esta clientela adquirían mayores posibilidades de influir en la Dieta. Los magnates más poderosos eran los que poseían extensos latifundios en Ucrania, verdaderos “reyezuelos de la frontera”, como se les llamaba. Poseían sus propios ejércitos y no era raro que combatiesen entre sí. Mientras tanto, la República no estaba en condiciones de pagar el sueldo que adeudaba a los mercenarios de su ejército regular y no podía impedir que éstos cobraran por su cuenta dedicándose con frecuencia al pillaje.

La paulatina restricción de las prerrogativas reales fortaleció a la Dieta como poder supremo del estado, el Senado pasó con el tiempo a depender de la cámara de diputados. En apariencia todo ello significaba un afianzamiento de la democracia nobiliaria, pero en la práctica conducía directamente a la oligarquía de los magnates. Las dietas provinciales limitaban cada vez más las atribuciones de los diputados que elegían a la Dieta proveyéndolos de instrucciones muy precisas, lo cual, unido a la práctica de tomar las decisiones por unanimidad que se comenzó a imponer a fines del s. XVI, hacía que muchas sesiones de la Dieta terminaran sin tomar medidas para las cuales habían sido convocadas.

Los partidarios de la contrarreforma se mostraron al principio a favor de fortalecer el poder real, pero después de la rebelión de Zebrzydowski se pasaron a los defensores de la “dorada libertad”. El catolicismo se hacía cada vez más intolerante a medida que afirmaba sus posiciones. Los disidentes más discriminados fueron los arrianos, a quienes en 1638 se les clausuró la academia y la imprenta de Raków, famosas en Europa. Sin embargo, la contrarreforma polaca no se pareció en nada a las sangrientas persecuciones de que fueron objeto los heterodoxos en los países de Europa occidental. En el s. XVII siguieron buscando refugio en Polonia numerosos extranjeros que huían de las represiones en sus países.

La educación de la juventud hidalga quedó prácticamente en manos de los jesuitas. En 1578 Esteban Batory convirtió en Universidad el colegio de los jesuitas de Vilnius y en 1595 Jan Zamoyski fundó una academia en Zamość.

A fines del s. XVI había adquirido ya su forma definitiva el atuendo característico de los nobles polacos que habría de durar hasta el s. XVIII, compuesto de pantalones holgados, botas, jubón y caftán hasta los tobillos, de innegable procedencia oriental. Un detalle obligado de la indumentaria era el sable corvo, también de origen oriental, signo de pertenencia al estado hidalgo. La suntuosidad del atavío, hecho de sedas y brocados costosos, inclusive con abundancia de oro, plata y perlas, era manifiesta aún en los hidalgos menos pudientes. Los burgueses más acaudalados vestían igual que los nobles y también el traje festivo de los campesinos trataba de asemejarse al atuendo hidalgo por el corte y el colorido.

Los palacios de los magnates y las residencias de la nobleza eran decorados con tapices de seda turcos o persas, en las casas menos pudientes se encontraban tapices y alfombras hechas en manufacturas polacas pero siguiendo patrones orientales. La influencia occidental se manifestó en la cerámica (vajillas de estilo italiano), en las estufas de azulejos de estilo holandés y en el mobiliario. En la arquitectura polaca de la época encontramos una síntesis de distintos elementos del norte y del sur de Europa. El arte evolucionaba según los cánones europeos propios de ese período en que el Renacimiento había desembocado en un manierismo que anunciaba ya el barroco. La manifestación más visible del poder de los magnates eran las numerosas residencias erigidas entonces, que unían la fastuosidad de los palacios y la capacidad defensiva de los castillos. Como mecenas de las artes ganaban en generosidad los reyes, tanto Segismundo III, que trasladó su residencia de Cracovia a Varsovia, convirtiéndola en capital de la República polaco-lituana, como su hijo Ladislao IV (1632 – 1648).

El nuevo rey, inteligente y cultivado, gozaba de gran popularidad entre los nobles en el momento de ascender al trono, pero la fue perdiendo a medida que avanzaba su reinado. Ladislao IV, apoyado por el canciller Jerzy Ossoliński y otros magnates ilustrados, trató de introducir una serie de reformas del estado, pero sus esfuerzos no tuvieron éxito. La oposición era demasiado fuerte y él mismo contribuyó al fracaso de sus planes con su impaciencia y su falta de consecuencia en el manejo de la política. En la política exterior el monarca fue bastante elástico y no se vinculó a los Habsburgo tanto como Segismundo III.

Al comienzo de su reinado Ladislao IV se vio obligado a sostener una guerra con Moscú, cuyas tropas habían sitiado Smoleńsk. El ejército que acudió en auxilio de la plaza, al mando del mismo rey, obligó a los rusos a capitular. La paz firmada en Polanów en 1634 ratificó los términos del anterior tratado de Dywilino. Ladislao renunció al título de zar y a sus pretensiones al trono moscovita. Casi simultáneamente, después de rechazar la invasión de los turcos y los tártaros a Podolia en 1633, se restableció la paz con Turquía.

Preparándose para una nueva guerra con Suecia, el monarca creó una flota y mandó fortificar la península de Hel, pero la nobleza y los magnates se opusieron a la guerra por temor a que reforzara el poder real. En virtud de un nuevo tratado firmado en 1635 Suecia retiró sus guarniciones del litoral polaco y renunció a los beneficios de la aduana de Gdańsk.

Ladislao IV pensaba también en una gran expedición contra Turquía, a la cual animaban los emisarios de Venecia y del emperador de Alemania secundados por la diplomacia papal, con el objeto de liberar a los pueblos balcánicos y conquistar Estambul. En 1646 la Dieta rechazó decididamente estos proyectos. Esta decisión de la Dieta desilusionó a los cosacos, que se aprestaban ya a la guerra con Turquía, y fue una de las causas de su rebelión.

Los magnates fronterizos deseaban a toda costa disminuir el número de cosacos “registrados” (al servicio de la República) y reducir a los restantes a la servidumbre, lo cual era el principal motivo de las continuas insurrecciones de cosacos y campesinos rutenos. Uno de los lemas esgrimidos por los cosacos era la defensa de la religión ortodoxa, si bien la jerarquía de esta iglesia había sido restituida en 1620 y oficialmente reconocida un poco más tarde. En 1648 estalló una gran sublevación de los cosacos al mando de Bohdan Chmielnicki. Al mismo tiempo moría Ladislao IV, agravándose aún más la difícil situación del país.

Fuente: “Panorama histórico de Polonia”,

Biblioteka Polska Im. Ignacego Domeyki

Transcripción: Honorio Szelagowski,

Director de Prensa CiPol